viernes, 10 de septiembre de 2010

CON PERMISO DE GARCÍA MÁRQUEZ

Cuando el coronel Aureliano Buendía se enteró de que había recibido una carta urgente, venida expresamente de la Capital, no se hallaba frente al pelotón de fusilamiento como él hubiera deseado, ni levantando revoluciones imposibles por los cerros de Macando.En realidad, se encontraba en el porche de su casa desmoronada, viendo atardecer sentado en una hundida silla de mimbre.
Cuando el coronel Aureliano Buendía rasgó el sobre oficial para leer con avidez su interior, todavía tenía esperanza de que el gobierno se acordara de él y de los otros viejos oficiales que habían combatido a su lado. Pero ahora todos eran viejos, ancianos olvidados, unidos en la misma soledad.
Cuando el coronel Aureliano Buendía leyó con dificultad las primeras líneas del escrito, redactadas en un lenguaje técnico y endemoniado, la misiva le pareció un jeroglífico imposible de descifrar, como los mensajes cifrados de las nubes rojas del atardecer.
La carta le mantenía el tratamiento de coronel - y eso le agradó, ya que hacía años que nadie le llamaba así. Se sintió de nuevo poderoso e importante, como un gallo de pelea en medio de un ardiente coso de arena. Pero él tenía las plumas desgastadas y sin brillo, y desde hacia tiempo había perdido el brío para pelear como en sus tiempos de fiero militar.
Siguió leyendo la carta, ajustando su cansada vista a los rectos renglones gubernamentales, pero no se hablaba en ninguna parte de la pensión, ni de la entrega inmediata de ninguna cantidad de dinero.
De repente, se sintió más solo y desgraciado, como arrojado a la suerte del destino, como el sangrante Sol que declinaba tras los cerros de Macondo.
No sólo el gobierno le rechazaba, sino también la fría noche que crecía a sus espaldas.

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